Políticamente incorrecto
Odio y amo la política. Es una relación de bipolaridad que camina cuál funambulista por una cuerda que separa una de las mayores virtudes del ser humano, de su capacidad para fagocitar a todo aquél que no comulgue con su forma de pensar. Puede que sea la gran diferencia entre el centro y los extremos, que mientras uno siempre intenta consensuar con ambos lados del tablero, el otro intenta desesperadamente conquistar territorio enemigo. Del contrato social de Rousseau al egoísmo en forma del lobo de Hobbes. La historia se repite, aunque no dejo de tener la sensación de que en este país no terminamos de pasar página. Basta poner las noticias en televisión para ver a representantes de ambos bandos lanzarse dardos repletos de odio y rabia por temas que, a menudo, no dejan de ser anécdotas dentro de lo que socialmente aceptaríamos como temas importantes. No recuerdo exactamente quién dijo que habíamos reducido drásticamente el espectro de cuestiones a tratar, pero que las que se trataban se hacían con tal nivel de fanatismo y de radicalidad que escondían la ausencia de lo que realmente debíamos debatir. No podía tener más razón.
La amo porque me encanta discutir, ver como el castillo de naipes mental que te habías montado en la cabeza se desmorona al primer soplido y que te des cuenta de que tengo al tercer cerdito del cuento contratado a jornada completa poniendo ladrillos como un descosido. Adoro tener razón, fusilar tu razonamiento de la forma más lógica que se me ocurra y que no haya desfibrilador que lo levante. Es adictivo, satisfactorio y hasta sensual. Dentro de mi narcisismo cabalgante tengo la certeza de que se me da bien destrozar argumentos en mi propio beneficio y, por tanto, que consigan derribar esa casita neuronal que mi porcino favorito se había esforzado en dejar bonita, no deja de sorprenderme. Genera en mí una admiración que se convierte al momento en atracción cuando le añades el físico adecuado. Y ella, lo tenía.
La odio porque aún con la casita hecha pedazos, pocos políticos son capaces de ondear la bandera blanca y firmar la paz. Hacerlo es como una hecatombe nuclear que deja los cimientos de sus creencias en los huesos, tiritando de frío ante una futura votación popular que deje en sus urnas menos votos de los que tenían cuando posaron su trasero sobre el sillón. Que le follen al bien común, aunque precisamente el bien común fuera el objetivo de esta guerra. Aparenta, posturea, finge y repite. Aparenta, posturea, finge y repite. Una y otra vez. Que una mentira repetida mil veces no se convierte en verdad, pero no negaremos que suena de lo más convincente y aquí, el único que hablaba de tener razón, era yo en el párrafo anterior. Quizá por eso me aboné al escepticismo por cable y ahora no hay manera de darme de baja. Quizá por eso mi mente habla antes que mi sangre y mis pies nunca se despegan del firme. O quizá necesitaba desordenar todo mi orden para perderme en una cadera a la que ni el mejor de los programas políticos hiciera justicia. Y ella, la tenía.
Tenía tantas cosas que se mentía encima. Se construyó tan tremendamente de cara a la galería que olvidó colocar cimientos a la fachada, acostumbrándose de tal manera al embelesamiento general que cuando alguien se atrevió a meterse hasta la cocina, dejó sin palabras el discurso mejor aprendido de la historia. Y ese alguien, fui yo.
Con su anular acariciando el borde de la única copa de balón sobre la mesa, controlaba el tempo de la conversación a su antojo. Mordaz, elegante y certera, sabía perfectamente en que momento intervenir para que su comentario nunca pasara desapercibido. Era el centro de atención por naturaleza, la calma en el ojo de una tormenta que destruía por ella, un fenómeno meteorológico por definición. Labios carnosos, piernas infinitas y una mota castaña en su iris que parecía orbitar por su pupila por la misma ley de la atracción que conseguía que mi mirada no se despegara de sus detalles. La misma mirada que se clavó en sus ojos para decirle que se equivocaba, que la fila de vocablos y verbos que acababa de hilar podría estar en el mejor de los museos en cuanto a composición, entonación y énfasis, pero que no eran ciertos. Y aunque dicen que no hay que dejar que la realidad te estropee un buen argumento, yo era licenciado en destrozar fachadas y la suya, por mucha doble capa de pintura que llevara encima, terminó sentenciada para derribo.
Con el orgullo derramándose a borbotones, clavó su semblante en el mío como quien sentencia al ladrón del pan de sus hijos. Sin juicio justo, última voluntad ni abogado de oficio que valga. Su indiferencia se convirtió en mi celda y mi libertad se acabó a la misma velocidad que mis opciones de perderme en sus curvas. Adiós, muy buenas y si te he visto no me acuerdo. O eso creía yo.
Dos horas después, sus labios susurraban a dos centímetros de mi oído otra fila de vocablos y verbos cuya composición, entonación y énfasis me daban exactamente lo mismo porque acababa conmigo muriendo de placer. Tal vez quiso hacerse con el control del único que no se dejó cegar por su exterior o quizá mi interior le resultara más atractivo que sus ansias de protagonismo. Tal vez me concedía una última cena antes de crucificarme por completo o quizá fui yo el que me crucifiqué y pagué por todos los pecados que me negué a cometer. Porque si, le dije que no. El único inconsciente en cien hectáreas a la redonda que decidió que era buena idea seguir estirando el chicle para captar su atención.
Al día siguiente, la realidad rezaba que yo me había quedado sin sujetador que desabrochar y la versión oficial que ella me había quitado de su vista como una abeja reina descartando zánganos para su harén particular. Ya sabéis: aparenta, posturea, finge y repite. Y ella, lo hacía.
Después de dejarme como un baboso desesperado de cara a la galería, también podemos decir que era una cabrona sociópata de manual, pero seguro que todos estaremos de acuerdo en que eso…sería políticamente incorrecto.

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