Granada


La ciudad tiene el maravilloso encanto de envolverte en sus estrechas calles. Senderos sinuosos, serpenteantes y repletos de hipnóticos faroles que parecen iluminarte la promesa de que, al final de ese camino que hace tanto tiempo creías perdido, hay costa en la que refugiarse, una chimenea donde envolver tus manos en un té caliente y sentir, si es que alguna vez lo has hecho, que estás en un lugar al que llamar hogar. 

En Granada, vuelas. Basta colgarse de cualquiera de sus miradores para contemplar la ciudad a tus pies. Pasado, presente y futuro ante tus ojos. Tus cuatro puntos cardinales reunidos en una sola dirección. Del calor de sus fachadas a la helada estampa de sus montañas. Del baño de sol en tu rostro a sus frías corrientes nocturnas y de oeste a este toda una vida en fotogramas recorriendo tu memoria para convencerte de que tu brújula, esta vez sí, ha recuperado el norte que tan perdido tenías. 


Lo que no te cuenta su paisaje es que todo lo que sube, baja. Que ningún lugar está a salvo de las leyes de la física y que basta dar media vuelta para que esos pies que hace medio segundo levitaban en paz, vuelvan a toparse con los duros adoquines de su descenso. Quizá por eso empedraron todas sus calles, para que cada uno de los miradores que te hacen volar, te devolvieran al frío firme del suelo y de tu realidad. De la más hermosa taquicardia al más profundo de los comas. La caída de todo un imperio destrozando por completo ese pasado, presente y futuro que creías haber construido en un abrir y cerrar de ojos. 


Quizá todo esto solo sirva como metáfora de todo un reino caído. Tal vez eso de convertir promesas en leyendas forme parte de su mística. Incluso podría decir que entiendo que Boabdil empapara su rostro en lágrimas cuando tuvo que abandonar su hogar. Pero si tuviera que ponerme en su lugar, cambiaría ese “llora como mujer lo que no supiste defender como hombre” por un “llora como hombre la mujer que no supiste conquistar”

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